Corredoira. Hacer camino.

Corredoira. Hacer camino.

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Corredoira.

Corredoira es el título de un pequeño libro cuya autoría comparten, digámoslo así, Robert Macfarlane, Stanley Donwood y Dan Richards. La editorial Kalandraka acaba de publicarlo bajo el sello de Faktoría K de libros y la colección Vitamina N.

 

 

En él se describen los paisajes y momentos que comprenden dos experiencias de retorno a un mismo lugar. En en el primero de los retornos (año 2014) Robert Macfarlane decide iniciar un viaje en busca de una corredoira descrita por Geoffrey Household en su novela Rogue Male (1939) acompañado de su amigo Roger Deakin. Esta búsqueda de un lugar soñado por primera vez a través de la lectura de un libro es la puerta de entrada en el relato. Pero bajo esa misma excusa, mientras nos dejamos caer en ese escrito, estamos también haciendo pie en los paisajes, vegetación, historia, gentes, sombras y “fantasmas” de Dorset, en la costa sur de Inglaterra, el espacio real sobre el que escribió en su momento Household y que Macfarlane decide alcanzar a través de lo leído y ahora a través de lo caminado:

“Logo, ao carón dun freixo vello e ergueito atopamos unha abertura pola que regresar á corredoira, así que atravesamos aquel burato na sebe e descendemos á profundidade da corredoira, botando man da hedra para baixar polas paredes de arenito de volta á sombra.(…) Abaixo, na penumbra da corredoira, os pasados da paisaxe percibíanse cunha viveza emocionante e conmovedora, coma se a historia se repregase sobre si mesma, poñendo en contacto intres descontinuos e creando correspondencias que sobrevivían na forma dun imperativo territorial para o acocho, a fuxida e o encontro.”

El segundo de estos particulares viajes de regreso tiene lugar años más tarde (en concreto siete, y se cumple tras la muerte de Deakin en 2006). Es ahora una ruta en bicicleta en la que acompañan a Macfarlane el escritor Dan Richards y el artista Stanley Donwood. Este segundo viaje es el que se verá culminado con la publicación del libro. Es importante subrayar cómo el libro sigue de manera contínua el retorno al lugar insistentemente: el regreso a un lugar “soñado por leído”, y ahora soñado por contener, de algún modo, recuerdos de personas que ya no podrán acompañar en el camino. En cierta forma, el que Macfarlane decidiese poner por escrito todo este ejercicio de retornos cierra un círculo: fue la literatura la que los empujó a salir en busca de un lugar y con la literatura concluyen esa vivencia.
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En todo este camino de regreso, a través de corredoiras, además de las palabras, debemos alabar las ilustraciones que salpican todo el relato. Pese a su sencillez, son tremendamente evocadoras. Otro aspecto a destacar es la traducción al gallego, llevada a cabo por Xesús Fraga, es excelente. La laboriosidad con que Fraga consigue ofrecer, en lengua gallega, el importante recorrido lingüístico, nominativo, que acerca del término corredoira se puede hallar en el texto original en inglés, hace de esta edición de Kalandraka una propuesta de ejercitación semántica deliciosa.
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Hacer camino.

“Corredoira: o camiño oco. Un carreiro fondo, un vieiro avesedo e profundo. Unha ruta que arregaron na terra séculos de pegadas, de pisadas; e fendas, de ferraduras; o carroulear das rodas e o correr da chuvia. Unha vía desgastada” polo tráfico dos tempos e a roedura da auga, que nalgúns lugares se afundiu ao redor de cinco metros baixo o nivel dos campos.”

Como vemos, una corredoira es un camino que se hace al andar. Tal y como recuerdan los hermosos versos de Antonio Machado, esto es algo que concierne a todo camino. Pero en pocos como en las corredoiras se profundiza (literalmente) tanto en el retorno. La corredoira vendría a ser, de algún modo, casi un camino esculpido en la tierra a través de los regresos al lugar que atraviesa. La corredoira, además, aparece también como una alargada huella de los tránsitos que ha acogido. En ella han dejado su marca personas, animales, carros; esto se debe a la acción repetida de un ir y venir, una y otra vez, por ese mismo paraje. Son los continuos regresos, la insistencia en el gesto de cruzar un lugar, lo que ha dado lugar (precisamente) a la corredoira. Ya os hemos hablado en otro momento sobre cómo, a partir de este gesto del caminar insistente, Richard Long ha generado diversas obras artísticas (véase el artículo “A line made by walking, de Richard Long” ).

De modo que Robert Macfarlane realiza la misma acción a través de la literatura y de sus propios pasos. Lo anima el deseo de retornar a esos paisajes con los que ya había soñado al leer Rogue Male. Y vuelve entonces a Dorset, un condado con una riqueza histórica, paisajística y arqueológica asombrosa (su Costa Jurásica ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001), donde las marcas del pasado están fuertemente presentes… como en una inmensa corredoira. Y él, junto a su amigo Roger Deakin, buscando esa corredoira sombría, escondida bajo la salvaje vegetación, realiza su pequeña contribución literaria al lugar. Alarga así, un poco más, la vida de ese camino; profundiza en las huellas de una corredoira ya trazada y recorrida por otros. Con el paso de los años vuelve a retomar el camino una vez más, recordando entonces ya no sólo la novela de Household, sino también a su amigo fallecido. Estas son señales que cada paso ha dejado allí:
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“Aquel día longo e feliz pasámolo explorando, gabeando polas árbores, camiñando, falando, lacazaneando. Eu non saíra na procura da sombra de Roger, mais de todos os xeitos dei alí con el, albiscándoo con sorprendente claridade nunha reviravolta ou a rentes dunha ringleira de árbores. De feito, existían marcas de memoria nos tocos dos gromos de acrivro que cortaramos como bastóns, os trazos dos nosos gumes aínda visibles na  madeira.Coñeceuno polas marcas, e a súa casa e as súas pegadas”.
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Siempre un mismo volver sobre los pasos, propios y ajenos. ¿No es esto lo que hace también a su vez, el traductor, rebuscando esas palabras perdidas en el tiempo, sobre la corredoira?:
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“Camiños montesíos, bravíos, camiños para o gando e as xentes, congostras e canicouvas, carreiros e carrieiras, corgos e corgas, córragos, calellas e canellas, corripas, quenllas e canicostas, regos areentos, esgrevios, lamacentos e albeiros, serventías, pasaxes e pasos, vereas, vieiros, esparas; e tamén: camiños de medos e perigos, camiños de cadaleitos, de cadáveres e mais de fantasmas…”
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Quizás, lo maravilloso de toda esta historia es que a mí, como lectora, me permite soñar con el lugar, pero ya no con caminos de Inglaterra, sino con los nuestros propios (más allá de las evidentes semejanzas con nuestro paisaje, algo que ahora viene también a remarcar la presencia de las corredoiras). Y como Macfarlane, decido reandar en sana ingenuidad el camino, y volver a aquellas corredoiras por las que ya había pasado, y por las que en su momento, décadas atrás, habían dejado huella los míos.
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“Teño agora para min, aínda que durante moito tempo xa o imaxinara como certo, que algúns treitos dun camiño poden portar as lembranzas dunha persoa, do mesmo xeito que unha persoa pode levar consigo as dun camiño.”
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“A corredoira é ausencia; un carreiro montesío luído por pés soterrados. Un retorno mental, unha preocupación tinguida localizada nas fragas do norte de Europa e a brillante besta no tapiz da caza. Un home que anda, se agocha, corre, acantoado ao abeiro dunha árbore -unha árbore entre árbores, un camiño entre camiños-, a breve seguridade do fondo arrolo. Esfolado no calafrío da vida polo desesperanzado desexo e amar…”

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En palabras de Proust.

Me gustaría finalizar esta reseña sobre el libro cerrando ahora una magistral puerta literaria, plagada de retornos en sueños y transcritos en obras irrepetibles. Se trata de Marcel Proust, quien ejerció como ningún otro el recoger por escrito los senderos y caminos mediante los que recuperamos recuerdos, o nos reencontramos de nuevo con ellos. Pues en muchas ocasiones esos “regresos” de Proust se realizan también a partir de hermosas “corredoiras literarias” iniciadas por otros. Ese es el caso de Gérard de Nerval, un escritor a quien el autor de En busca del tiempo perdido admiraba profundamente:
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“¿Pero regresaba Gérard a Valois para escribir Sylvie? Claro que sí. La pasión induce a creer que su objeto es real; quien ama soñar con un lugar desea verlo. el hacerlo resultaría insincero. Gérard es ingenuo y viaja. Marcel Prévost piensa: quedémonos en casa, es un sueño. Pero, en definitiva, lo único que queda en un libro es lo inexpresable, lo que creíamos que no lograríamos introducir en él. Es algo vago y obsesionante como el recuerdo. Es una atmósfera. La atmósfera azulada y purpúrea de Sylvie…”
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“Sí, recordamos la embriaguez de aquellas primeras mañanas de invierno, el ansia de viajar, el hechizo de las lontananzas soleadas. Pero nuestro placer se compone de emoción. El moderado encanto del paisaje es su materia, pero va más allá. Ese más allá es indefinible.  Con el tiempo, en Gérard será la locura. Por el momento, no tiene nada de mesurado ni muy francés. Gérard ha impregnado con su genio esos nombres y lugares. Pienso que todo hombre que posea una aguda sensibilidad puede dejarse sugestionar por esa ensoñación que nos deja una especies de aguijón, “pues no hay aguijón más acerado que el del infinito”. Pero el mejor modo de transmitirnos la emoción que nos causa nuestra amante no es hablar del amor, sino desgranar esas cosillas que pueden evocarla, como la tela de su vestido o su nombre. Así pues, todo esto no es nada, son las palabras de Chââlis, Pontarmé, islas de la Île de France, las que exaltan hasta la embriaguez el deseo que puede asaltarnos, una mañana de invierno, de partir e ir a ver esas tierras, ese país soñado por donde se pasó Gerard.” (podéis encontrar el resto de esta cita en este libro de Marcel Proust: Contra Sainte-Beuve. Recuerdos de una mañana.)
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En ocasiones, no basta con la lectura. Ésta nos empuja a salir y a conocer más de la naturaleza, de los lugares. Del mismo modo que pasamos a través de un texto, esos escritos nos animan a pasar una y otra vez por los mismos parajes (o tan solo similares) que describen. Quizás se deba a que la belleza de lo escrito nos resulta tan sorprendente que necesitamos comprobar con nuestros propios ojos y nuestros propios pasos que el mundo es un espacio extraordinario (aunque también cruel), tal y como nos lo ha venido describiendo la naturaleza. Y en medio de todo eso, cada uno va ahondando en su propia corredoira, puliendo sus huellas, sus cicatrices. Qué bien simboliza a las comunidades y a los seres humanos una corredoira.
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Os deseo una lectura de este libro tan placentera como la que yo misma he experimentado.
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A TENER EN CUENTA:

El libro está disponible en la página web de Kalandraka en lengua gallega.

Edad recomendada: lectores adultos.

Ilustración de sobrecubierta: Adriá Fruitós.

La edición está impresa en papel procedente de bosques y plantaciones gestionadas con estándares que garantizan la explotación sostenible de los recursos.

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OTROS ENLACES DE INTERÉS:

Sobre Kalandraka en galiciangarden.com

Sobre otros libros en galiciangarden.com

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