El hombrecillo de Otoño, cuento waldorf para niños

El hombrecillo de Otoño, cuento waldorf para niños

Hoy me gustaría hablaros de un precioso relato, ideal para contarle a los pequeños de la casa durante estos días de otoño: El hombrecillo de otoño.

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Al igual que otros cuentos “Waldorf”, esta historia posee unas características particulares. En el blog De mi casa al mundo, un referente en cuanto a pedagogía waldorf se refiere, se nos definen del siguiente modo:

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Aunque todas estas características tienen su importancia, a nosotros nos interesa especialmente la relacionada con la naturaleza. Y es que , verdaderamente, la mayoría de estos cuentos sí logran poner en valor elementos de la naturaleza cotidianos para que los niños puedan verlos de otro modo. Por ejemplo, ¿queréis saber la razón de por qué las hojas de algunos árboles cambian de color en otoño? El hombrecillo de otoño es el responsable. Os dejo aquí el relato, espero que lo disfrutéis con vuestr@s niñ@s!

Ocurrió en un día de septiembre caluroso, que el viento del este, sin darse cuenta, llevaba en su abrigo de viento un pequeño hombrecillo consigo. Su melena era roja como el fuego y su barba también. Llevaba un abriguito de mil colores. Los gnomos y los elfos le llamaban el hombrecillo de otoño. Nadie sabía de dónde venía, pero la aparición del hombrecillo desencadenaba siempre grandes preparativos de viaje. A su llegada, todos se preparaban para marchar al interior de la tierra.

Era divertido observar al hombrecillo de otoño, agarrado a los pliegues del abrigo del viento. Miraba con ojitos alegres y negros a su alrededor. Cuando el viento del este pasaba por encima de una zarzamora silvestre, el hombrecillo dio un brinco y saltó encima de una hoja de zarzamora. Suavemente la acarició con sus pequeñísimos dedos toscos y lentamente el verde se transformó en un rojo profundo. Al lado del arbusto estaba una lagartija tomando el sol, y de placer se rió a la manera de las lagartijas, viendo el maravilloso cambio, y la zarzamora misma pareció disfrutar de la pintura encantadora del hombrecillo de otoño porque gustosa le alargó sus ramas a las manecillas toscas del ser multicolor. Pronto brillaron muchas ramas de un rojo profundo; algunas sólo tenían puntitos y manchas amarillas en el verde de las hojas, pero esto no bastaba al hombrecillo. Ágilmente saltó a un arce que crecía al lado de la zarzamora en una pendiente. Hoja tras hoja tocaba el hombrecillo y transformaba el color de las hojas en amarillo reluciente. Todo el árbol se alegró de su nuevo esplendor y los rayos del sol bailaron entre las ramas e iluminaron el árbol de oro. Así, el hombrecillo brincó de arbusto en arbusto, de árbol en árbol y transformó el bosque entero. A veces saltaba a la cima de un árbol y lo teñía color oro, a veces susurraba a las hojas verdes:

– Vendré más tarde con vosotras, no os pongáis tristes.

Las hojas se movían con el viento, conocían al hombrecillo y sabían que iba a mantener su palabra. Así, durante muchos días se dedicó a su juego divertido. De vez en cuando, el otoño miraba a través de los árboles y observaba sonriente a su fiel ayudante.

Pero de pronto, llegó noviembre y trajo consigo las nieblas, las lluvias y el frío. Desapareció el esplendor. Las hojas marrones caían en silencio al suelo. Todos los animales se escondieron en sus madrigueras y escondites protegidos. Los pájaros se ocultaron en sus nidos. Ayer aún, un cuervo viejo había visto al hombrecillo de otoño- pero hoy había desaparecido- ¿A dónde habría ido? Nadie lo sabe. Sin embargo, el año próximo vendrá de nuevo.

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