«Me viene a la memoria un crepúsculo estival en el jardín. En medio de los fresales y las rosas, correteo a su alrededor (…)»

Un jardín en Brujas (título original: La petite dame en son jardin de Bruges, 1996) es una novela de Charles Bertin (1919-2002) cuya edición española corre a cargo de Errata Naturae, con traducción de Vanesa García Cazorla. Se trata de un libro autobiográfico basado en los recuerdos que el escritor guardaba, a sus casi ochenta años, sobre los veranos de su infancia en la casa (con jardín) de su abuela, a las afueras de Brujas.

Ella, Therese-Augustin, «compañera de aventuras, descubridora del mundo, cómplice en las primeras lecturas e incluso consoladora de tristezas; y también, al mismo tiempo una «pequeña dama» comprometida con su tiempo, con la vida de las demás mujeres, humilde y poderosa a la vez, una conciencia viva», es la protagonista de este viaje en el tiempo nacido de un sueño, y que nos regala hermosas descripciones de un jardín doméstico, su jardín, a través de los recuerdos recuperados del autor.

El relato está preñado, como es comprensible, de nostalgia y empuja al lector (esto es al menos lo que a mí me ha sucedido) a una búsqueda propia y paralela de sabores, olores, colores… ligados a la niñez.

Quiero compartir con vosotros un fragmento del libro en el que Bertin describe maravillosamente su jardín. A través de él recreamos la esencia de este lejano y pequeño espacio en Brujas mientras, tal y como ya mencionamos, seguimos al escritor de regreso a su infancia y a la nuestra propia. Pues no está de más y es bien sabido, lo placentero y aleccionador que resulta ver los jardines (no sólo éstos, sino todo el mundo) con los ojos de un niño, adentrarnos en él como si lo descubriéramos por vez primera:
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«El embrujo comenzaba desde la entrada del propio condominio, que estaba en una calle vecina de la chausée de Ghistelles: la verja se abría sobre un paseo flanqueado por elevados setos, los cuales jalonaban una hilera de ojivas de vegetación erigidas sobre un emparrado, cuyo armazón había desparecido bajo el boscaje mucho tiempo atrás. Andando el tiempo, las enramadas habían trenzado pasarelas de follaje entre las arcadas, hasta construir un cenador abovedado único que medía una veintena de metros Aquel auténtico túnel de fronda que serpenteaba divagando entre los jardines se dividía en varios senderos, los cuales conducían a las casas aún invisibles tras la espesura de los árboles. La de mis abuelos era la última.
Fueron muchas las horas felices que pasé en aquel deambulatorio de vegetación del cual fui la mayor parte del tiempo su único huésped, a excepción del gato de nuestros vecinos de al lado. Incluso en las horas centrales de los días soleados, reinaba allí una penumbra dorada cuya paz claustral me arrobaba y me inquietaba un poco. La irrealidad de la polvorienta luz que jugueteaba a través de las hojas; ese silencio de agua profunda en el que creía sumergirme como un buzo, y aun la ligera opresión que suscitaba en mi alma la exuberancia de una floresta que parecía capaz de anegar cualquier vida menos la suya, contribuían a persuadirme de que, a unas decenas de metros de la calzada, el mundo de los hombres quedaba abolido.
Uno de mis juegos favoritos consistía , por otra parte, en comportarme como un superviviente: a espaldas del gato, me había acondicionado un par de escondites entre los matorrales y, a la vista de una eventual carestía, raramente descuidaba llevar a cabo mi merienda habitual, recolectando en la cocina algunas provisiones adicionales.
Los instantes de extrema felicidad que conocí bajo aquellas bóvedas de fronda permanecen ligados a mi memoria a esos días de tiempo inestable que mi abuela llamaba «tiempo de arco iris», cuando el sol continuaba brillando entre las nubes, desde lo más profundo de los aguaceros de lluvia tibia,.
Desde mis primeros pasos al abrigo de la vereda arbolada, , tenía la impresión de ir a la deriva siguiendo la corriente de efluvios que emanaban del mosaico de jardines circundantes. Yo deletreaba todo un alfabeto de fragancias en el que el perfume de las rosas templadas por la luz del día, suavemente avivado por el chaparrón, se mezclaba con el poderoso aroma a tierra mojada.
La verdadera fiesta, era, sin embargo, la que me brindaba la luz: los juegos conjugados de la lluvia y el sol transformaban mi refugio de vegetación en una suerte de gruta oceánica en la que los tonos verdes- que iban del jade al celadón; del esmeralda, al agua marina- rivalizaban en medio de aquella penumbra elísea acribillada por los rayos del sol. La más delgada de las enramadas se bañaba en una espuma de luz dorada que parecía obtener su esplendor de una fabulosa fuerza interior. A través del follaje tapizado de lluvia, pero con los primeros vapores ascendiendo ya por su espesura, no me cansaba de contemplar la irisación de las gotas suspendidas, que, una tras otras, y con pesar, continuaban resbalando por la punta de las lustrosas hojas durante unos momentos cuyas delicias habría deseado prolongar en el tiempo.
Todavía no era consciente de que, en aquel efímero acontecimiento obrado por la naturaleza estaba descubriendo la prefiguración del placer que un día encontraría en las obras de arte de los hombres.»
 

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