Pintar al borde del camino, de Alberto Ruiz de Samaniego.

Pintar al borde del camino, de Alberto Ruiz de Samaniego.

Texto de Alberto Ruiz de Samaniego sobre la exposición del pintor Juan Rivas, “Pintura nun lugar”.

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PINTAR AL BORDE DEL CAMINO.

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Habría que empezar por apuntar que lo que Juan Rivas logra en esta serie ha surgido de la urgencia y de la escasez -de tiempo y, por decir así, de circunstancia-. No hay duda: el pintor se encuentra en una posición incomparablemente más difícil que la de los otros artistas del presente o del pasado. Él se halla a la intemperie, en el más amplio sentido del término.

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Todo lo que aquí se ha obtenido de forma – diríamos- un tanto milagrosa, es gracias a una implacable autodisciplina. Para luchar contra el tiempo, y contra el espacio. Y luego, por la pintura, hacerlos evidentes a ambos: espacio y tiempo, y homenajearlos. Trabajo fugaz como – y con- la luz: efímero y, como decimos, apremiante. Al borde del camino, sin vuelta atrás, sin previsiones ni revisiones. Para ello han de usarse técnicas de dibujo rápidas: pastel, tizas, lápices de colores, rotuladores. Pues todo está como amenazado por la temporalidad, todo es un frágil momento de luz y de contingencia: una casa, una construcción, un motivo…en una atmósfera. Y, ante eso, unos objetos utilitarios en principio anómalos que podrían – malamente- servir como soportes de un trabajo pictórico. Pero sólo en la medida en que su ubicación sea la más justa y conveniente para poder captar con posibilidades el motivo. Nada – o casi nada- lo ha preparado o dispuesto el pintor, que ha de comportarse como un buen organizador de situaciones complejas y, en gran parte, aleatorias, imprevisibles: mutantes. Tiene que ser alguien capaz de hacerse al lugar y captar con inmediatez todas sus eventualidades, su mínima virtualidad pictórica.

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No ha de ser fácil, desde luego, este hacerse al lugar, pues aquí el punto de partida ha impedido la plasmación de un mundo con la máxima plenitud sensorial o expresiva. Tenemos, en principio, como principio, algo funcional y opaco en el margen de una orilla o de una calle, o en un recodo de la carretera. Verdaderas superficies antipictóricas (amén de antipoéticas), resistentes a cualquier despliegue de color y, aún peor, de emoción: postes de electricidad o vallas, farolas, mástiles o incluso trozos de pared. Son los duros y difíciles soportes elegidos para dialogar con el motivo en el paisaje. Para visualizar ese motivo y aislarlo, destacarlo del puro devenir del mundo.

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De este modo, lo que permanecía desligado, lo que por causas incluso civilizatorias se ha separado o enfrentado, ahora se refleja mutuamente y se complementa: lo natural y lo artificial, lo coloreado en su vital entraña frente al decolorado y solitario producto industrial, la técnica y el objeto de uso maquinal ante a lo azaroso y lo orgánico sin por qué -como la rosa de Angelus Silesius- . Esa correspondencia se vuelve susceptible de conformar un conjunto unitario, hasta llegar a manifestar, en suma, el sentido de unidad. De unidad de sentido, en el sentido. Esto es: hacen mundo.
Así pues, estos objetos técnicos y anómalos en relación con la naturaleza, entes mostrencos y varados en el medio del camino, se han convertido -por la acción de la pintura – en símbolos de una alcanzada vida natural. Pero, ¿acaso no se había fijado ya el pintor, como desde siempre, no en el paisaje natural per se, si ello existiese, sino precisamente en un ámbito natural humanizado, poblado y construido y transformado por el hombre con sus casas y edificaciones, sus carteles, farolas y moradas? En este sentido, la acción plástica de Juan Rivas no hace más que confirmar laorganicidad de estas escenas donde la humana técnica y la naturaleza se han fusionado en un instante feliz.

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Lo que, en definitiva, nos hace pensar que también esos soportes de visualidad ahora enhebrados con la poesía fulgurante del acto de Juan Rivas, esas columnas de hormigón, los postes eléctricos o las farolas – provenientes del mundo más prosaico y moderno de la técnica – han de ser considerados como símbolos que apuntan – también desde siempre, como origen- a las posibilidades de instalación en el mundo del ser humano. Por ejemplo, esos postes para conducir la luz han servido, sirven a los hombres en su capacidad transmisora y receptora. Simbolizan y efectúan todos ellos la aspiración a una meta existencial. Evidencian la revelación de todo un mundo. La manifestación de lo invisible a través de vibraciones electromagnéticas, y hasta la conducción de los más abstrusos pensamientos por encima de cualquier tumulto primigénico. ¿No constituyen ellos también, por tanto, un buen modelo del acto configurador de la pintura?

Finalmente, y antes de marchar tras el instante (de espacio-tiempo) logrado, Juan Rivas fotografiará la escena. El procedimiento fotográfico – recurso inmaterial e hipertécnico- dará cuenta al cabo de que el pintor estuvo allí, y plasmó aquello en tan intempestivas circunstancias. Antes de que la amenaza de la lluvia y la fatalidad de la intemperie acaben por borrar o arruinar ese acto – y ese mundo- tan frágil.”

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Podéis visitar esta exposición, comisariada por Carlos Puga,  en la galería Sargadelos de Vigo (C/Urzaiz nº17) hasta el 31 de agosto.

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Texto: Alberto Ruiz de Samaniego.

Fotografías:Juan Rivas.

 

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